Después de comer Andrés acompañaba a Lulú a la tienda, y
luego volvía a trabajar en su cuarto. Varias veces le dijo a Lulú que ya tenían
bastante para vivir con lo que ganaba él, que podían dejar la tienda; pero ella
no quería. «¿Quién sabe lo que puede ocurrir? -decía Lulú-; hay que ahorrar hay
que estar prevenidos por si acaso.»
De noche aún quería Lulú trabajar en la máquina, pero Andrés
no se lo permitía. Andrés estaba cada vez más encantado de su mujer, de su vida
y de su casa. Ahora le asombraba cómo no había notado antes aquellas
condiciones de arreglo, de orden y de economía de Lulú. Cada vez trabajaba con
más gusto. Aquel cuarto grande le daba la impresión de no estar en una casa con
vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en algún sitio lejano. Andrés
hacía sus trabajos con gran cuidado y calma. En la redacción de la revista le
habían prestado varios diccionarios científicos modernos, e Iturrioz le dejó
dos o tres de idiomas, que le servían mucho. Al cabo de algún tiempo, no sólo
tenía que hacer traducciones, sitio estudios originales, casi siempre sobre
datos y experiencias obtenidos por investigadores extranjeros.
Muchas veces se acordaba de lo que decía Fermín Ibarra; de
los descubrimientos fáciles que se desprenden de los hechos anteriores sin
esfuerzo. ¿Por qué no había experimentadores en España, cuando la
experimentación para dar fruto no exigía más que dedicarse a ella? Sin duda faltaban
laboratorios, talleres para seguir el proceso evolutivo de una rama de ciencia;
sobraba también un poco de sol, un poco de ignorancia y bastante de la
protección del Santo Padre, que, generalmente, es muy útil para el alma, pero
muy perjudicial para la ciencia y para la industria. Estas ideas, que hacía
tiempo le hubieran producido indignación y cólera, ya no le exasperaban.
Andrés se encontraba tan bien, que sentía temores. ¿Podría
durar esta vida tranquila? ¿Habría llegado, a fuerza de ensayos, a una
existencia no sólo soportable, sino agradable y sensata? Su pesimismo le hacía
pensar que la calma no iba a ser duradera. “Algo va a venir el mejor día
-pensaba- que va a descomponer este bello equilibrio”. Muchas veces se le
figuraba que en su vida había una ventana abierta a un abismo. Asomándose a
ella, el vértigo y el horror se apoderaban de su alma. Por cualquier cosa, por
cualquier motivo temía que este abismo se abriera de nuevo a sus pies
En verano salían casi todos los días al anochecer. Al concluir
su trabajo, Andrés iba a buscar a Lulú a la tienda, dejaban en el mostrador a
la muchacha y se marchaban a corretear por el Canalillo o la Dehesa de Amaniel.
Otras noches entraban en los cinematógrafos de Chamberí, y Andrés oía
entretenido los comentarios de Lulú, que tenían esa gracia madrileña ingenua y
despierta que no se parece en nada a las groserías estúpidas y amaneradas de
los especialistas en madrileñismo.
RESPUESTAS:
Este
fragmento pertenece a la parte séptima del capítulo II, llamado vida nueva.
Este fragmento se puede dividir en tres partes:
-Una primera
parte que consta del primer y segundo párrafo, nos explica como era la vida del
matrimonio entre Andrés y Lulú.
-En la segunda parte que consta del último
párrafo cuenta las escapadas que hacían la pareja y los buenos momentos pasados
juntos.
El tema del fragmento es la vida cotidiana entre Andrés y Lulú.
-La
vida matrimonial de esta pareja funcionaba perfectamente ya que Lulú se sentía
muy segura con Andrés.
En
este fragmento se puede observar que la vida matrimonial de esta pareja
funciona muy bien y que es gracias a la
sinceridad que tiene el uno en el otro y también se nombre que hay muchas
personas que envidian esa relación ya que es magnifica.
No hay comentarios:
Publicar un comentario